Fue una noche muy fría y al despertar su vientre le recordaba constantemente que no comía hace días. Al caminar dejaba notar sus costillas y omóplatos mediante un paso cansado y un andar que daba lástima. Aún los de su propia raza le despreciaban, veía grandes colmillos cada vez que se acercaba. Pero existía un ser que siempre le acogía y añoraba el momento en el que se acostase a su lado, aquel hombre que por alguna razón le regalaba cada mañana un trozo de lo que fuese que comiera, aquel quien le llamaba Migajas con cariño. Aquel que hace días no le da de su incipiente comida, aquel que hace noches no comparte su calor, aquel que hace días no le habla… Aquel que hace días no respira, pero cada mañana puede encontrarse junto al lugar donde solía dormir restos de migajas que un perro jamás saboreó.

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