Le recordaba a su niñez. Su pelo olía a tierra mojada. Luego de largas semanas internados en el bosque, por fin pudo probar la dulzura de sus labios de miel, mientras sus entumecidos dedos se enredaban en sus bucles castaños. Intentaban controlar al máximo el sonido de sus besos y su agitada respiración, aprovechando las pocas horas que quedaban de noche, pocas horas para llegar a Santiago, pocas horas para que los demás despertaran. Sus manos recorriendo cada centímetro de su cuerpo; su exhalación, aire que perturbaba cada uno de los bellos que cubrían su delicada piel; ambas caderas que se unían logrando sólo un alma, una nueva forma universal, mientras que esos suspiros, que comenzaban en su vientre y, como suaves argollas atravesaban todo su cuerpo haciéndole recordar lo que era estar viva…
Le recordaba a su niñez. Su pelo olía a tierra mojada. Pero esta vez, ese aroma carecía de ese toque a inocencia con el que lo recordaba.


