Esa mano que acariciaba sus curvas, que le quitaba la ropa con delicadeza y pasión, que al acariciar sus pechos hacía que su cuerpo pidiera mucho más de lo que recibiría. Su agitada respiración seguida de esos falsos besos, esas falsas caricias la llevaban a realizar lo impensable. Goza, llega al cielo y vuelve a caer. Y luego del suspiro final, se encuentra sola, sin esa alma que imagina a su lado. Sólo ella; ella y sus sucias manos que noche tras noche dejan caer un suspiro que las paredes recogen con añoro y guardan como un secreto, cual tumbas.

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